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En la parashá Ki Tavó la Torá se dirige al potencial humano, a nuestra voluntad (Dvarím 28). Allí aprendemos que si el hombre se sobrepone a sus instintos atraerá sobre sí todas la bendiciones, ya que dominando sus deseos activa todo su potencial. En cambio, si se deja vencer por el egoísmo sus deseos lo dominarán, disminuirá su fuerza interior y al no poder superar los desafíos esenciales, aún a pesar de haber acumulado riquezas, se sentirá vacío y fracasado.

Voluntad, pensamiento y lenguaje
La voluntad limita al pensamiento. Nadie piensa en cómo alcanzar aquello que no desea. El pensamiento a su vez limita el lenguaje. Lo que no sabemos nombrar no afecta nuestras decisiones y de cierta forma pasa a la categoría de inexistente.

Focalizando el lenguaje
Cuando en el lenguaje tradicional de Israel decimos Torá nos referimos al conocimiento de los Principios que rigen la conducta humana. Cuando decimos mitzvá no referimos a los desafíos para implementarlos. La Torá no es ni más ni menos que un código que ayuda al hombre a desear la armonía. De ahí que Rashi -máximo comentarista de la Torá- nos diga que la Torá se expresa sólo donde hay desafíos para superar. Y cuál es nuestro mayor desafío sino superar el egoísmo. Quien estudia la Torá buscando sólo literatura, historia o hechos fantásticos desvirtúa el propósito de la Torá.

Setenta lenguas – setenta grados
La Torá fue expresada en setenta lenguas para brindarle a todos la oportunidad de aprenderla. Las setenta lenguas comprenden setenta grados de comprensión y aplicación de las mitzvót, y no setenta interpretaciones como muchas veces se ha dicho. Debajo de estos setenta grados ya no hay más Luz sino que es todo oscuridad, egoísmo y autojustificación. En cambio, cuando ascendemos sobreponiéndonos a nuestras debilidades, cada grado es un nivel más intenso de la Luz Infinita. Tales grados son peldaños espirituales por los cuales la voluntad asciende gradualmente al ir transformando su deseo egoísta en altruismo, hasta que finalmente alcanza su auténtica identidad.
Cada concepto debe ser estudiado en relación a nuestra superación, ya que cuanto mejores individuos seamos, o sea más altruistas, mejor será la sociedad que conformemos.

Desarrollo o justificación
Muchos intentaron y aún intentan limitar la Torá a sistemas de pensamiento ajenos a la propia estructura de la Toráy del hebreo. De esa forma limitan su comprensión y utilizan la Torá para justificar sus miedos, ignorancia y en última instancia para evitar afrontar sus responsabilidades. La Torá no sería la Torá si fuera tan simple que la mente humana podría abarcarla en una lectura literal. La Torá nos propone desafíos y conductas que muchas veces escapan a nuestra comprensión y que sólo después de muchas generaciones de entrenamiento en su estudio e implementación el pueblo de Israel captó en su significado interior (como el caso del Ari en Taamei Mitzvót, etc.). En ese sentido aprehender Torá es análogo al aprendizaje de un arte o una ciencia las cuales se dominan sólo después de largos períodos de entrenamiento. La diferencia y dificultad reside en que la Torá se concentra en el punto más sensible de nuestro ser: el deseo. El deseo, por ser la fuerza esencial que nos motiva, toca nuestros anhelos más profundos enfrentándonos a los desafíos esenciales, a aquello que establece nuestra conducta y nuestra forma de percibir la realidad.

Nuevas herramientas a nuestra disposición
Términos tales como energía, coordenadas tiempo-espacio, velocidad de la luz, teoría de la relatividad son conceptos que los jóvenes hoy estudian en las escuelas y han pasado a ser familiares para casi todos nosotros.
Nuestra generación disfruta de valiosas herramientas de comprensión que las generaciones que nos precedieron no tuvieron el beneficio de poseer. El avance científico de los últimos tiempos nos abrió a una nueva perspectiva para comprender lo que en tiempos antiguos estaba reservado a Profetas y Sabios de la Kabalá. Como lo expresa el Profeta Jeremías cuando se refiere al significado de la época mesiánica: «Y no enseñará más ninguno a su prójimo... porque todos Me conocerán».

¿A quién le habla la Torá?
Aunque no debemos olvidar que la Torá a quien le habla es a nuestra voluntad. La confronta a desafíos: No codiciar, no engañar, no robar, no adulterar, etc. y nos enseña qué debemos hacer para superarlos. Solamente cuando una persona supera las formas en que el egoísmo lo limita des-cubre la verdad. Hasta entonces sólo se justifica.

Entonces ¿Para qué precisamos la Kabalá?
Vimos que la voluntad limita al pensamiento. Nadie piensa en cómo alcanzar aquello que no desea. El pensamiento a su vez limita el lenguaje. Lo que no sabemos nombrar no afecta nuestras decisiones y de cierta forma pasa a la categoría de inexistente. Por ello el deseo debe expandirse gradual y armónicamente en todos los aspectos de la realidad. Aquello que queda fuera del ámbito del deseo es inmediatamente llenado por «algo» ya que la realidad no soporta el vacío. Lo que el hombre desconoce de sí deja un vacío en su conciencia, entonces ese «algo» adquiere la forma de fantasías, justificación y consciente o inconscientemente egoísmo. En cambio el estudio de la Kabalá activa ámbitos de la conciencia que de otra forma nunca tendríamos acceso. Así podemos intuir la magnitud del significado de ser humano creado a imagen y semejanza de Lo Infinito. La Kabalá nos abre las puertas a Todo lo que Somos, entonces podemos comenzar a saber en qué y de qué forma aplicar efectivamente nuestra voluntad.

Actitudes incomprensibles
El Judaísmo no sólo no acepta sino que tampoco comprende «lo nuevo» que muchas religiones que surgieron a partir de la Torá intentan demostrar, ya que el mensaje de la T

 
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