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Emuná, la fuerza espiritual judía

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La conciencia del hombre es resultado de la sabiduría, imaginación y experiencia adquiridas en su afán de concretizar sus aspiraciones. Pero cuando queremos adquirir sabiduría y experiencia que aún no poseemos, ¿cuáles son los mecanismos que activamos para conseguirlas?

Emuná es el conocimiento judío por excelencia y se traduce comúnmente como fe y creencia.
El vocablo emuná proviene de la raíz amén, al igual que lehitamén que significa entrenarse, oménet (nodriza) quien da de sí misma, imún (entrenamiento), omanút (arte), etc.

Emuná es el entrenamiento en el deseo de dar y beneficiar. Emuná es la disciplina espiritual, toma de conciencia de la voluntad y deseo original del alma.

La emuná activa todos los mecanismos de percepción, expandiendo paulatinamente el espacio mental, emocional y de acción del hombre, a partir del fortalecimiento de la voluntad y la perseverancia en la realización de actos altruistas: las mitzvót.

Toda sabiduría y experiencia que no poseemos se encuentra fuera de nuestra conciencia y dominio. Para lograr que se transforme en parte de nuestra realidad debemos atravesar dos etapas básicas:

a) Definir el objetivo: la nueva sabiduría y experiencia que queremos lograr.

b) Adquirir la fuerza de voluntad para conseguir aprehenderlas.

Estas dos etapas se alcanzan a partir de una educación que active todo el potencial cognoscitivo del hombre.
De acuerdo al judaísmo la educación no es solamente un proceso intelectual, como ya lo hemos explicado en los items 25 y 26, sino que debe involucrar todas las potencialidades humanas.

El hombre, en todas las etapas de su desarrollo, aprende al comienzo por medio de la imitación y luego a través de su propio discernimiento y elaboración. Por ello es fundamental que la educación se desarrolle en un ambiente de Sabiduría que incentive el altruismo. Es imprescindible encontrar maestros interiorizados en los principios de la Kabalá, así como amigos que nos sirvan de modelo orientándonos e inspirándonos a lo largo de todo el proceso de aprendizaje. Tal como nos indica el tratado Pirkei Avot de la Mishná: Provéete de un maestro y conquista un amigo.

La emuná es la fuerza espiritual que nos ayuda a realizar este proceso y a expandir gradualmente nuestra conciencia: El deseo es la fuerza innata en pos del conocimiento, posesión y/o disfrute de «una cosa». El deseo es anterior al pensamiento. Cuando el hombre piensa no hace más que articular y darle forma mental a su deseo. Posteriormente y a través de su esfuerzo podrá lograr un grado mayor de voluntad para alcanzar su objetivo y tomar conciencia de otros ámbitos del deseo.

Ver diagrama de esta explicación (archivo en Quick Time )

De acuerdo a la Sabiduría de la Kabalá el pensamiento no es la causa del deseo sino su consecuencia. El acto de pensar es el resultado de cómo intelectualizamos y percibimos nuestra voluntad y deseo. La función del pensamiento consiste en discernir entre nuestros deseos, previendo las consecuencias de nuestros actos (consultar item 1).

En todas las áreas del saber, la emuná es la única forma posible de adquirir conocimiento. Cuando un estudiante quiere ingresar a la universidad se le exige rendir determinados exámenes, adquirir ciertos libros, asistir en horas preestablecidas a clase, etc. El alumno, en principio, debe neutralizar sus deseos ante las reglas de la universidad y los profesores, creando así un espacio de recepción y discernimiento entre sus ideas y los nuevos conocimientos. El nuevo espacio sólo puede surgir si hay emuná.
En el ámbito espiritual es similar. Sin emuná no logramos ampliar nuestro espacio mental y aprehender la Sabiduría. Sin embargo, hay una diferencia substancial que consiste en que cuando la emuná es aplicada al ámbito espiritual y de acuerdo a la Torá, no sólo genera nueva información, sino que nos da la formación a través de la cual logramos la verdadera transformación: egoísmo en altruismo.

Cuando el conocimiento queda en la esfera de lo meramente intelectual y especulativo, no logramos ampliar nuestra percepción de la realidad; dado que el ser humano tiende naturalmente a adaptar la realidad a las experiencias y conocimientos previos. Ello conduce a la inercia espiritual, en la que no cabe alteración en el modo de percibir la vida ni en el fortalecimiento de la voluntad altruista.

 
 
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