La
Torá resalta las acciones que surgen del corazón y a
los «sabios de corazón». La verdadera espiritualidad es
similar a la música, que es un arte y a su vez es una ciencia. La música
es el resultado de la combinación de tres elementos: ritmo, melodía
y armonía. Cada uno de estos componentes posee sus propias leyes, muchas
de las cuales las podemos estudiar en la física y la matemática,
pero música no es una ciencia «exacta» que se disfruta
únicamente con la razón, la música sale del corazón
y llega al corazón. Cuando el compositor se sumerge en lo profundo
de su corazón descubre combinaciones sonoras «exactas»
que logran inspirar y emocionar más allá de modas y tiempos
elevándonos a una dimensión infinita. Una música conmovedora
es una «fórmula exacta» casi sagrada y si alteramos cualquiera
de sus componentes pierde su efecto en el corazón del oyente.
Los límites de la mente
El orden estructural del Mishkán-Tabernáculo descrito
en la Torá es una analogía del orden espiritual. Así
como una música es el resultado de varios componentes, así las
diferentes disposiciones que adquiere la realidad material-sensorial nos conmueven
despertando en nosotros «impresiones y recuerdos» de una dimensión
que, como el amor, trasciende lo meramente intelectual transportándonos
a un mundo infinito. Ese mecanismo es el que la Torá nos transmite
en la construcción del Mishkán-Tabernaculo y a través
de todo el sistema de mitzvót que la Halajá-código
legal judío dictamina. Lo mental nos brinda cierta noción de
la realidad pero también la limita. Por ello, la experiencia y aprehensión
interior de los símbolos y ritos asociados al estudio conciente, nos
ayudan a trascender las formas puramente intelectuales. De ese modo el hombre
comienza a percibir lo interior y a superar la vida basada tan sólo
en estímulos exteriores.
Activando las
fuerzas espirituales
Nos «alimentamos» permanentemente de todo tipo de impresiones
que trascienden nuestro discernimiento. La comprensión de la estructura
interna del Mishkán-Tabernáculo nos hace tomar conciencia
de las fuerzas espirituales que sutilmente activan nuestro mecanismo perceptivo.
A cada instante estamos expuestos a diferentes impresiones mentales, emocionales,
visuales, auditivas, etc. que gradualmente modelan nuestra forma de ser. El
sistema del Mishkán-Tabernáculo, que es el de las mitzvót,
activa estas fuerzas dentro de la Kedushá, y lo denominado Avodá
Zará-Idolatría o literalmente trabajo extraño, lo
activa dentro del sistema de la Tumá.
Kedushá
y tumá
Kedushá y tumá representan dos formas de relacionarse
con la realidad. Kedushá nos indica la energía que estamos
en condiciones de recibir y emplear positivamente. Tumá, en
cambio, es la energía que todavía no estamos capacitados para
utilizar. Tumá señala la forma de recepción que
finalmente genera destrucción a nivel individual y colectivo. Tumá
es producto del placer momentáneo y egoísta sin evaluar sus
futuras consecuencias.
Ejemplo: El cuerpo debe ingerir la cantidad y calidad de alimento que le provea
la energía para funcionar correctamente. Si comemos en exceso generaremos
un desequilibrio y finalmente enfermedades, ya que sobrecargamos al cuerpo
con energía que no puede asimilar. También debemos tener cuidado
en el tipo de alimentación; si no es balanceada el cuerpo tenderá
a generar colesterol o azúcar, etc.
Análogamente sucede con nuestra energía instintiva, emocional,
mental y espiritual. Cuando atraemos instintos, emociones, pensamientos y
energías que todavía no sabemos manejar, ocasionaremos graves
desequilibrios en la ecología espiritual del individuo y la sociedad.
La forma de relacionarnos con la kedushá es la brajá.
Brajá se traduce comúnmente como bendición. Brajá
es la reflexión mental, emocional y verbal que antecede la relación
del hombre con el mundo de la kedushá. La brajá
es el discernimiento dentro del ámbito de la kedushá.
Previo al acto de acercarme a la kedushá -energía que
estamos preparados para recibir y emplear positivamente- discierno y tomo
conciencia del objetivo de mi deseo a través del pensamiento y la palabra
del modo en que éste se expande hacia todos los ámbitos de la
realidad.
Cuando la vida está basada en la kedushá y la brajá
surge la conciencia superior, siendo que ahora el hombre se relaciona con
el prójimo y con todos los ámbitos de la realidad lúcidamente,
previendo las consecuencias de sus actos y ya no en forma mecánica
e instintiva.
El gran riesgo
En el camino espiritual existe un gran riesgo: ¿Cuál es la interpretación
correcta de los detalles que conforman los principios de la Torá?
¿Cómo sé que me encuentro en la senda correcta o, por
el contrario, estoy creando una nueva forma de egoísmo tanto o aún
más peligrosa? El Talmud de Babilonia tratado Iomá 72-2
nos dice lo siguiente: Esta es la Torá que presentó Moshé
ante los hijos de Israel. Si el hombre, a través de su estudio y práctica
«logró refinarse» será para él un elixir
de vida; de lo contrario será una droga de muerte. También Rabí
Jananiá ben Akashiá en el Talmud de Babilonia tratado Makót
23-2 nos expresa: HaKadósh Barúj Hú quiso «refinar»
(haciendo meritorio) al pueblo de Israel, por ello le dio abundancia de Torá
y mitzvót.
¿Qué es lo que debemos refinar?
El deseo de recibir es lo que debemos refinar transformando nuestro egoísmo
en altruismo. Sólo entonces la Torá será para
el hombre un elixir de vida.
De la misma forma que cuando construimos una casa nos concentramos en infinidad
de detalles técnicos, sistemas de agua, electricidad, etc. no debemos
olvidar que la casa y todos sus componentes son en última instancia
un lugar para vivir, así todos los detalles que la Torá
nos enseña de cómo debemos construir el Mishkán
y la forma en que debemos realizar las mitzvót ¡son también
para vivir! y un medio precioso para alcanzar la Armonía Universal.