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Ekev
No sólo de pan vive el hombre
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Israel
es una de las naciones más pequeñas cuantitativamente pero grandiosa
cualitativamente. Para comprobarlo basta conocer su milenaria historia, las
contribuciones en el campo espiritual, científico, social, etc.
A través de los tiempos el pueblo de Israel así como los diferentes
grupos que conforman la gran familia humana, han sido y son víctimas
de una de las mayores debilidades que genera la ignorancia: la creencia ciega.
Informarse
o deformarse
Los medios de comunicación nos bombardean sin descanso con alucinógenos
informativos imposibles de digerir. La mayoría de los hombres se encuentran
saturados de información carente de elementos para discernir si su fuente
es honesta o tendenciosa. La noticia pasó a ser un producto de consumo
masivo. Se ha convertido en una caótica masa de imágenes y discursos
prácticamente imposibles de asimilar.
El caos así creado tiene un orden propio: su «objetivo».
Dentro de esa disonante sinfonía de información hay temas que
vuelven, el leitmotiv, el propósito de quienes manejan tendenciosamente
los medios.
Saber o creer
Es muy fácil
y cómodo tener «una opinión» y creer en la información
sin hacer ningún esfuerzo en analizar su veracidad.
Hay quienes son más responsables, adoptan una actitud más comprometida
y verifican la objetividad de las fuentes de información, seleccionan
las que creen auténticas, las confrontan y así se forman una opinión
«más cercana» a la verdad.
A pesar del esfuerzo tampoco podemos estar seguros de que la conclusión
a la que arribamos es correcta, y como en cierto punto debemos creer o no en
la información de que disponemos, terminamos dependiendo del discernimiento
ajeno.
Mientras que la información que recibimos no sea de una fuente auténtica
no poseemos los elementos para evaluarla, somos meros consumidores del producto
ya elaborado.
A pesar de ello muchas son las personas que opinan sobre todos los temas como
si fueran expertos cuando en realidad no hacen más que repetir lo leído
y/o escuchado.
Sabios, Entendidos
y Creyentes
En todas las
áreas del conocimiento, los hombres se dividen en tres categorías
generales: sabios, entendidos y creyentes
Un ejemplo simple para entender estos tres grupos es el siguiente: Padecemos
de un fuerte dolor y vamos a consultar a nuestro médico, quien analiza
los síntomas y luego nos receta un determinado medicamento y cierta dieta.
El médico es un entendido, puesto que estudia a los sabios, que descubrieron
las leyes y los principios terapéuticos, y de acuerdo a ello aplica la
medicina. El paciente es un creyente, dado que acata fielmente lo que el médico
le prescribe y toma «ciegamente» sus medicamentos.
Mientras el ser humano permanece en el ámbito de los creyentes no dispone
del discernimiento para evaluar objetivamente ninguna sabiduría ni ninguna
información, es un mero consumidor del producto ya elaborado.
No sólo
de pan vive el hombre
El pan es el resultado de una elaboración. De acuerdo a cómo se
realizó será el pan que llegue a nuestra mesa. Pan en hebreo se
dice lejem, palabra que posee la misma raíz que guerra- miljama.
No sólo de pan-lejem, la lucha por superarse, vive el hombre.
Si el labrador trabaja la tierra y no llueve, la tierra no da su fruto pero,
si él no trabaja por más que llueva nunca cosechará.
Nuestro esfuerzo no hace más que activar un potencial. Pero para que
lo alcancemos completamente no es suficiente con creerlo debemos saberlo.
El creyente consume el pan que otro elaboró, el sabio elabora su propio
pan y tiene lo suficiente para sí mismo y para dar.
Formar creyentes es la técnica de los dirigentes débiles, llámense
espirituales o políticos, quienes utilizan la demagogia y la ignorancia
para mantener a sus pueblos subyugados, focalizando su atención en pan
y circo, y cuando eso no es suficiente también con judeofobia.
La injusticia es y ha sido en todas las épocas el resultado de una percepción
ciega y creyente de la realidad. Es nuestra mayor responsabilidad invertir todas
las fuerzas en desarrollar sistemas educativos que enseñen a discernir
en forma altruista. Sólo estimulando debidamente al creyente que habita
en nuestro interior surgirá el sabio capaz de irradiar la energía
infinita que iluminará al mundo.
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